«Mis raíces las arrancó el mar, pero aprendí a nadar»

21 de mayo de 2017



Mi madre siempre creyó inexorablemente en sus palabras.

Al principio, callaba y asumía,
como el perro que acude sediento
a un pozo estéril,
pero se sabe saciado por la presencia del foso.

Años más tarde, empezó a espetar algunos sonidos,
balbuceaba como un niño que aprende sus primeras palabras,
pero constantemente es reprimido por un adulto.

Pasaron los años y llegaron los primeros duelos:
perder una casa, perder unos hijos,
perder una familia,
perder la propia identidad.

Y a pesar del dolor,
como escombro tenaz, que se resiste a su ruina,
quiso construir sus cimientos de nuevo.

Pero ya era tarde,
había creído tanto en sus palabras,
las había acurrucado tanto
que habían impregnado sus ideas,
su persona,
su vida.

Ahora mi madre no es mi madre,
mi madre es la tonta, la puta y la mala madre
que mi padre la obligó ser.

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